Año I. Edición Nº 10.  -  1º de Setiembre del 2007  

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Pisqueros ilustres


Pancho Fierro - Un acuarelista de fines de siglo.

Durante los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, el Perú, al igual que el resto de la América española, vivió el desgaste del sistema colonial y asistió a la caída del gobierno virreinal que no pudo acomodarse a las exigencias de los nuevos tiempos ni a las necesidades de estos pueblos. En esta etapa de transición, en donde conviven los rezagos placenteros del pasado colonial con las pautas de la nueva organización social y política anhelada, vivió y desarrolló su obra artística el más genuino representante de la pintura costumbrista peruana de entonces, Pancho Fierro. Su vida coincide, pues, con una época convulsionada y apasionante ya que fue testigo de los momentos finales del Virreinato, del nacimiento de la nueva república y de los años en que se fue experimentando el establecimiento de un nuevo sistema político y social. 

                   

Los datos biográficos de Pancho Fierro con que se cuenta son escasos e incompletos y muchos de ellos, al no poder ser corroborados por documentos, pertenecen al plano de la tradición y la leyenda. Se sabe, por ejemplo, que su padre se llamaba Nicolás y su madre Camen; que se casó con Gervasia Cornejo y que tuvo tres hijos: un varón que murió siendo soldado y dos mujeres cuyo rastro se ha perdido. Lo qué han podido establecer sus biógrafas es que Pancho Fierro nació en Lima hacia 1807-1809 y todos están de acuerdo en que su muerte se produjo el 28 de julio de 1879, víctima de una pulmonía, cercano a los 70 años de edad. 

Descripciones de la época señalan que era mulato o, como se conoce en el lenguaje vernacular, de "color honesto", de mediana estatura, grueso, de barba cerrada; y que se destacaba por su agudeza y habilidad. Su espíritu inquieto y la necesidad lo llevaron a cambiar varias veces de domicilio en Lima; incluso existen versiones de que habitó en diversos lugares de los barrios tradicionales de entonces, como el Cercado y el Rímac y, que, ya en la madurez, estableció una especie de taller en un predio del jirón Ices, en el lugar donde funcionaba la tienda de comestibles y articulo "de fantasía" Broggi y Dora en la que, además, se vendían sus obras. 

Con el correr de los años, la memoria colectiva y la imaginación limeña tejieron más de una leyenda alrededor de su persona, tratando de dale a su vida un contenido tan atractivo y anecdótico como el de su producción pictórica. Hay quienes, erróneamente, lo vinculan con familias de abolengo a fin de explicar el conocimiento que Fierro tenía sobre detalles íntimos de salón y de alcoba, que correspondían mejor a personas de las altas esferas sociales y políticas, a las que hizo referencia gráfica en sus obras. Otros, sobreestiman su popularidad como artista, haciéndolo participe del círculo intelectual y bohemio de la época.

                  

Se cuenta que un personaje de apellido La Rosa Toro fue el primer coleccionista de la obra de Pancho Fierro, quien le encargaba al mulato la realización de acuarelas para guardar un vivo recuerdo de los trajes, instituciones, oficios, usos y costumbres de la época. Esa misma colección fue la que llegó después a manos de don Ricardo Palma, quien, curiosamente, no le dedicó una sola línea a la obra de Pancho Fierro, y más bien la ignoró, ya que no se encuentra un comentario sobre ésta en su extensa producción literaria y costumbrista. Sin embargo, Palma se. permitió colocar leyendas alusivas a los temas y personajes en las acuarelas que elaboró Pancho Fierro, quizás con la finalidad de completar su valor anecdótico y manifestar que no las consideraba de mucha calidad en sí mismas. Lo cierto es que en toda la obra escrita de Palma, y sin que analicemos aquí las razones de la voluntaria omisión, no encontramos en su abundante producción mención de la persona y la obra de Fierro.

Por ser un pintor autodidacta, la obra de Pancho Fierro escapa por completo a los convencionalismos y gustos estéticos aceptados en su época, los mismos que se identificaban con la corriente neoclásica y la rigurosidad académica. Su origen popular y el medio en el que se desenvolvió no le dieron oportunidad de adquirir una formación plástica convencional. Al parecer no salió de Lima ni tuvo contacto con los artistas extranjeros que por ese entonces visitaban la ciudad. Para él no existieron escuelas ni se nutrió de la obra de los artistas consagrados. 

Su arte es, pues, fruto del talento personal y de un profundo conocimiento de la naturaleza humana; el público que adquirió sus obras debió ser no tanto el de salón, sino el de la calle, que se sentía identificado con los temas de sus producciones. Somos nosotros quienes le hemos asignado a su obra un carácter testimonial; para él era la expresión de su habilidad vinculada a la vida cotidiana. 

A Pancho Fierro se lo estudia como un artista singular e indispensable para el conocimiento de una etapa importante en la historia ciudadana del Perú, ya que su arte registra formas de vida, pautas de conducta y tradiciones populares de las postrimerías del Virreinato. En cuanto a su temática, él prefiere los aspectos costumbristas de su Lima natal, utilizando una técnica en la que lo rudimentario del oficio se mezcla con la ingenuidad de la expresión. Como señala Teodoro Núñez Ureta, extraordinario acuarelista y amante del arte nacional, "hay sin duda ciertas ideas claras en Pancho Fierro: se ve su liberalismo en el modo de dibujar curas y monjas, su sentido igualitario en la manera indiscriminada con que se burla de los personajes más altos; su respeto por las mujeres y su cariño por los niños; su cordial actitud para con los mendigos, su afición popular por todo lo que constituye la unidad espiritual del pueblo". 

Cecilia Bákula

Extraído de: lablaa.org

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